Los mongoles y la guerra

“Todo el Arte de la Guerra se basa en el engaño”.
Sun Tzu.

Los mongoles tenían un terror supremo a los rayos. Siendo como eran jinetes vitalicios de la pradera, las tormentas eléctricas eran su gran perdición. Excepto para el pequeño Gengis, que ya los desafiaba. Desde la yurta (tienda) de su niñez hasta las puertas de Europa, llamado por muchos “el azote de Dios” y por otros confundido por el mítico “Preste Juan” de Oriente, Gengis Khan atravesó un número incontable de estepas abiertas, cruzando ríos y mantos nevados y desérticos desde su país natal hasta la verdura occidental. Y nos salvamos gracias a un problema de sucesión del Imperio Mongol, que provocó la retirada de todas las tropas de las tierras propias de la Cristiandad y el Islam. Unificadas las tribus bajo dominio del Khan Supremo, también las tácticas de batalla bárbara fueron perfeccionadas y preparadas como un mecanismo de muerte y conquista avasalladora devastador: la Horda de Oro, que iba adquiriendo la fe nestoriana a ratos, se caracterizaba por su enorme velocidad, que hubo que reducir en la montañosa y pequeña cuenca mediterránea.

En su nomadismo de supervivencia llevaban “la casa a cuestas” (literalmente), sus tiendas desmontables, su caballo y sus yogures de leche de yegua fermentada con sangre eran lo que necesitaban para ser felices. Pero hablando de guerra, que es lo que nos atañe, diremos que fueron prácticamente los que introdujeron el arco compuesto en los reinos islámicos sobre todo, pero también cristianos, y sus pequeños pero fugaces corceles permitían ataques sorpresa, falsas retiradas (como hicieron los partos anteriormente con los romanos en los desiertos de Carrae) y el uso del terror puro y duro: ciudad que se resistía, ciudad que era incendiada con todos sus habitantes en una pila de cuerpos. Era mejor rendirse diplomáticamente…O tendrías que hacer la guerra contra ellos. Y fíjate cómo eran:

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