La curiosa mente humana

Durante siglos creímos fervientemente que todo ser humano poseía un alma inmortal independiente del cuerpo que trascendería al morir y convertirse en polvo éste. La propuesta, en aquellas eras predarwinistas, era bastante razonable: ¿cómo podíamos explicar las emociones o la razón sin un factor sobrenatural que les diera sentido? No veíamos a los demás animales capaces de tales cosas y pensábamos: ¡Eureka! ¡Nosotros tenemos un alma y estamos creados a Imagen y Semejanza de Dios y por eso podemos crear y pensar! ¡Ellos no!

Pero así como Copérnico nos hizo descender desde el centro del Universo a estar en un planeta periférico alrededor del Sol, Darwin nos mostró las pruebas de que todos los seres vivos tenemos un origen común y el hombre cayó de su pedestal divino. Uno de los misterios más angustiantes e inexplicables hasta entonces tuvo una explicación elegante, simple y lo más importante: natural. Por primera vez no se había recurrido a espíritus o seres más allá de la realidad para comprender la diversidad y complejidad que tiene la vida, en numerosas formas y capacidades. Y ello, enriquecido con la aportación de la Genética, conforma nuestra actual teoría sintética de la evolución o neodarwinismo. Y, ¿qué ha pasado con el alma en todo este embrollo, pues?
La neurología también pasó por el filtro naturalista y racional, y he aquí que descubrimos uno de los mayores secretos de nuestra anatomía: el entramado celular del cerebro, ese órgano que para Platón era un mero refrigerador de la sangre. Si durante eras del pasado llegamos a pensar que el cerebro era un adorno inútil y las ideas surgían del corazón, hoy conocemos más o menos bien los procesos neuronales y sus sinapsis. El rincón, el hueco donde el alma intentaba todavía ocultarse y dar sus últimos coletazos por ser un mito (no llega a hipótesis) que no es necesario fue ocupado por las últimas novedades sobre la bioquímica interna, legado de miles de millones de años. Y también nos encontramos con refutaciones empíricas a la misma idea de fuerza vital o ente sobrenatural que es nuestra conciencia; el Alzheimer, esa enfermedad neurodegenerativa que destruye neuronas causa pérdidas de memoria, olvido del propio lenguaje, desbarajustes con la movilidad, etc. y es un infierno para muchas familias también da constancia de que los pensamientos y la memoria tienen un soporte físico: el cerebro. Destruido éste, podemos suponer que la personalidad se extingue porque es material. Por lo tanto, el alma no existe.
Gracias a los estudios con escáneres cerebrales sabemos la naturaleza de la individualidad. Al parecer, todo cerebro tiene un módulo donde reside el “yo”, lo que dice “¡Eh!, eres tú y sólo tú, no otro!”. Lo más increíble es que ese espejismo muy real se sustenta en unas neuronas ciegas, que desconocen totalmente su existencia pero, abrazadas en millones, son las notas musicales del ingenio humano.
Usando nuestra asombrosa capacidad de previsión a largo plazo podemos imaginarnos qué posibilidades plantean estos descubrimientos en el futuro. ¿Será posible la conexión de dos o más mentes o, incluso, pasar un “yo” a una máquina como quien hoy usa un pendrive para meter canciones al PC? ¿Y clonar la personalidad de múltiples maneras? Quizá sea la panacea de los viajes espaciales; inyectando nuestro “yo” en una computadora de una nave podríamos viajar durante los decenios y siglos que se requieren cerca de la velocidad de la luz para llegar a alguna parte de esta inmensidad. O adentrarnos en mundos virtuales sin leyes físicas, caldos de cultivo para la ensoñación. Todo ello supera cualquier mitología de la Tierra por mucho. ¿Podremos conseguirlo?

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