Esto permite dos escenarios igualmente intrigantes, uno genial y otro espantoso. El más benévolo es que quizá en el futuro podamos manejar la información almacenada en las neuronas como ahora pasamos datos de pendrive a PC y de PC a móvil tan alegremente. Puede ser que podamos transferir información nueva a nuestro cerebro y aprender de un modo menos agotador y aburrido que el actual, que por ese entonces nos parecerá un vestigio primitivo del pasado. Y con razón. Pero el lado trágico del asunto es que, aunque por ser física nuestra “alma” podamos doparla y tunearla a gusto y preferencia, también sufrirá el mismo destino que todo lo natural: morirá. Cuando las neuronas y la actividad cerebral tiende a cero, nosotros tendemos a cuatro metros bajo la tierra.
Aunque a lo mejor conseguimos revertir el proceso y logramos algún método intrincado de vertir nuestra conciencia cerebral a una máquina. Las máquinas, con un buen mantenimiento pueden ser dolosamente longevas, más de lo que podamos imaginar. Puede que ahí esté nuestro futuro.









