Somos nuestro cerebro

Según el neurofisiólogo Rodolfo Llinás, somos nuestro cerebro. No se puede decir que la mente sea algo separado de ese esponjiforme órgano: modificar el cerebro incluso transforma nuestra personalidad. Casos psiquiátricos como los expuestos en libros de otros autores, como “El hombre que confundió a su mujer con un sombrero” respaldan dicha hipótesis. Cuando alguien consume drogas, los efectos físicos de las sustancias trastornan al sujeto haciéndole alucionar o percibiendo cosas que no existen. Al parecer, aunque rebusquemos mucho dentro de unos sesos, no encontraremos algo semejante al alma o el fantasma en la máquina. Sólo…bueno, sesos.

Esto permite dos escenarios igualmente intrigantes, uno genial y otro espantoso. El más benévolo es que quizá en el futuro podamos manejar la información almacenada en las neuronas como ahora pasamos datos de pendrive a PC y de PC a móvil tan alegremente. Puede ser que podamos transferir información nueva a nuestro cerebro y aprender de un modo menos agotador y aburrido que el actual, que por ese entonces nos parecerá un vestigio primitivo del pasado. Y con razón. Pero el lado trágico del asunto es que, aunque por ser física nuestra “alma” podamos doparla y tunearla a gusto y preferencia, también sufrirá el mismo destino que todo lo natural: morirá. Cuando las neuronas y la actividad cerebral tiende a cero, nosotros tendemos a cuatro metros bajo la tierra.

Aunque a lo mejor conseguimos revertir el proceso y logramos algún método intrincado de vertir nuestra conciencia cerebral a una máquina. Las máquinas, con un buen mantenimiento pueden ser dolosamente longevas, más de lo que podamos imaginar. Puede que ahí esté nuestro futuro.

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