Economía











Cómo sobrevivir a la crisis. Consejos filosóficos.

Escrito por Alberto | 9 de marzo del 2009
la crisis
Considera las contrariedades como un ejercicio.
Séneca.

Cuando Alfred Hitchcock dirigió con batuta cinematográfica la película Psicosis en los años sesenta no imaginaría, seguramente, que la Crisis Económica Mundial (CEM) pondría más pelos como escarpias que su propio filme, que elevaba la fobia a la sangre en blanco y negro (y a las cortinas de ducha) hasta sus últimas consecuencias. Y es que ahora, sometidos a los inescrutables designios de las fluctuaciones bursátiles mágicas, que si bajan “los índices” (pero está todo en portada de la prensa) de Dow Jones, la bolsa de Tokio o Hogwarts, la escuela de Magia y Hechicería, unos numeritos con flecha roja en descenso que provocan desmayos y autosuicidios más o menos desesperados en este marco democrático.

¿Hay un modo de soportar estos embates mundanos? Además de no ser banquero ni inversor, elementos que conllevan en estos casos un mayor riesgo de camino hacia la locura, como diría el escritor depresivo Emilio Ciorán, lo más sensato es usar la razón al consumir, siendo económicos en su sentido más occaniano (de Occam): simplificar, no multiplicar los “entes” a comprar, aunque deseemos fervientemente ese yate de ciento diez metros de eslora con calefacción wi-fi y terraza en la popa para las cañas. ¿Que esto es evidente? No lo creo, un gran sector de esa marabunta compra por “comprar” o invertir porque los astros se han alineado, sin tener en cuenta que ya, hace una buena retahila de siglos, Aristóteles los puso verdes criticando la crematística. En efecto, ¿a que no se lo esperaba, amigo? El estagirita que coleccionaba cartas de Alex (Alejandro) Magno sobre botánica asiática también reflexionó sobre la economía mismamente, aunque las interpretaciones varían un pelo. Véase que por ejemplo que tanto Ayn Rand (defensora del libre mercado) como Carlos Marx (teórico socialista) y hasta Santo Tomás de Aquino (teólogo aristotélico) pusieron al griego en sus altares a modo de “El Filósofo”.

Pues la crematística, esa palabra de nombre enmadejado y curioso, significa simplemente “poner al capital por encima del hombre, a la avaricia antes que la felicidad“. En el libro Si Aristóteles dirigiera la General Motors, sobre la autodenominada “ética empresarial”, se dejan caer algunas ideillas sobre la distinción entre Economía (donde existen fines y la razón está activa en ese reino de la necesidad que hace existir a la Economía como tal) y crematística. Me explico: perseguir la riqueza por la riqueza no significa vestir con traje y corbata, fumar puros y llevar monóculo como los malos en los cuentos de Dickens. Es meramente una actitud usurera que juega a la especulación justo como el niño que quiere vaciar el océano usando un cubo de playa. Esos castillos de arena, descontrolados, requieren de un enfoque aristotélico o serán inmorales, según la tradición que luego siguió la Iglesia Católica (tomistas ya), amén de la escolástica española, tan defenestrada hoy en día por la Leyenda Negra, que vertieron andanadas de sabrosos argumentos contra el clásico “auri sacra fames”, el “hambre sagrada de oro” que puso en verso el poeta latino Virgilio.

santo tomas de aquino

Sobrevivir, buscar la perseverencia en el ser, abunda en el imperativo genuino de no redundar más en crisis apocalípticas de este tipo, provocadas por la crematística sofista de nuestros tiempos, y usar consecuentemente el intelecto para racionar tanto inversiones, hábitos y compras. Desde luego que no se trata de vivir como hippies o yanomamis, sino simplemente viendo como fines a los Homo sapiens sapiens de andar por casa. Dijo una vez Terencio: “Soy humano, y nada de lo humano me es ajeno”. Ahora diríamos: “Existe una crisis que acribilla a los humanos, y nada de la crisis me es ajeno”. El Mercado Pletórico de bienes y servicios, democrático y con televisión en cada casa, necesita mantener una recurrencia constante, no frenarse jamás. Por eso, la solución a la crisis, a grandes rasgos, es dedicarnos a hacer Economía (que viene de “oikós”, casa”) y no crematística del tres al cuarto. No hay algo más “occidental” y filosófico que ello.

Y es que para finalizar, recordemos que cuando alguien compra un automóvil, sea hijo de vecino o “agraciado”, siempre pregunta, duda y se asegura mil veces de que hace lo correcto. Eso es muy objetivo. Como para fiarse, sobre todo teniendo en cuenta el “pastizal” de dinero verde que hay en juego. ¿Por qué ahora no hacemos el mismo acto de crítica sobre los causantes de la crisis que nos perjudica severamente?

De todas maneras, ya que el daño “está hecho”, concentrémonos, estoicamente (reconozco que es mi ética favorita) en soportar lo inevitable con valentía y dignidad, con la cabeza bien alta in extremis, hasta en el peor de los momentos. He aquí algunas sentencias latinas que reseño por su valor inspirador moral, sobre todo al parado o al empresario que quiebra. Frases del filósofo hispano Séneca, preceptor del lunático Nerón, para reflotar en la crisis:

  • Merece salir engañado el que al hacer un beneficio, cuente con la recompensa.
  • El pobre carece de muchas cosas, pero el avaro carece de todo.
  • Teméis todas las cosas como mortales y todas las deseáis como inmortales.
  • El colmo de la infelicidad es temer algo, cuando ya nada se espera.
  • El hombre más poderoso es el que es dueño de sí mismo.
  • La recompensa de una buena acción está en haberla hecho.
  • Toda la armonía total de este mundo está formada de discordancias.
  • El fuego prueba el oro; la miseria los hombres fuertes.
  • No hay ninguna cosa buena que no tenga su base en la razón.
  • Igual virtud es moderarse en el gozo que moderarse en el dolor.
  • Si os sujetáis a la naturaleza, nunca seréis pobres; si os sujetáis a la opinión, nunca seréis ricos.

¿Dónde están los 10 céntimos?

Escrito por Alberto | 17 de noviembre del 2008
curiosidades matematicas Juan, estudiante de economía, se dirije una mañana a comprar el pan como de costumbre y se encuentra con dos amigos a los que no ve desde hace meses, así que deciden ir a tomarse algo para celebrarlo y charlar un rato. Sus amigos se toman un café y él se toma un refresco.

Tras conversar durante más de una hora y media Juan avisa al camarero para pagar, a lo que sus dos amigos replican que no es justo que él lo pague todo y finalmente acuerdan pagar cada uno lo suyo. El camarero les indica que son 3€, ya que los cafés y los refrescos cuestan lo mismo, 1€.

Así que cada uno saca 1 € del bolsillo y le entregan al camarero los 3€. Cuando el camarero se dirige a la caja para cobrar el dueño del bar le dice que uno de ellos es amigo suyo y que no les cobre los 3€ sino solamente 2,50€ así que el camarero regresa a donde estaban nuestros protagonistas con los 50 céntimos de la vuelta.

Como era una catidad imposible de repartir deciden que el camarero se quede con 20 céntimos y ellos se reparten los otros 30 céntimos (10 para cada uno). Los tres amigos recoge su respectiva vuelta y salen del bar, se despiden en la puerta y cada uno regresa a su casa.

De camino a casa Juan se detiene y se queda pensativo… Si hemos pagado con un euro y nos han devuelto 10 céntimos, cada uno de nosotros ha puesto 90 céntimos… en total son 2,70 €, más los 20 céntimos que se ha quedado el camarero suman 2,90 €.

Entonces, …

¿Donde están los otros 10 céntimos?
Si crees que tienes la respuesta, deja tu comentario…